Presentamos a continuación un texto de Edwing Solano, periodista, antropólogo, divulgador científico y promotor cultural en el marco del mundial de fútbol que se jugará por primera vez en tres países: Estados Unidos, México y Canadá; también socios comerciales a través del Tratado de Libre Comercio México – Estados Unidos – Canadá (T-MEC), que ratifica los vínculos de sometimiento imperialista hacia Estados Unidos en donde México ocupa el lugar de país exportador de materias primas y mano de obra barata, como fenómeno paralelo e intrínsecamente ligado a este tratado, se encuentra la “acumulación por desposesión” (término acuñado por el geógrafo David Harvey) a través de la extracción de minerales clave para la industria norteamericana y sobre todo energéticos.
Ligado a este fenómeno se encuentra la defensa del territorio, como respuesta antagónica de los oprimidos, trinchera en donde nos encontramos los integrantes de la Red de Pueblos del Norte del Estado de México – Sur del Valle del Mezquital, las madres buscadoras, los profesores de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, el Frente por las 40 horas, campesinos que luchan por sacar al frijol mexicano del T-MEC, transportistas que han estado realizando paros contra la inseguridad y la desaparición forzada en las carreteras de nuestro país, así como los obreros de la llantera Tornel, que han acudido al mecanismo de respuesta rápida del T-MEC para dar salida a sus demandas de orden laboral.
En términos clásicos de lucha de clases, existen dos polos antagónicos: el mundial de los poderosos organizado por la FIFA y la resistencia de los referentes arriba señalados, muchos de los cuales han emplazado al gobierno mexicano a dar solución a sus demandas o de lo contrario “no rodará el balón”, proponiendo un boicot a un evento de las elites en el cual el pueblo mexicano no está incluido, con boletos cuyos precios rondan entre los $1200 – $73 mil pesos en las primeras fases, hasta llegar a los 55 mil – 78 mil pesos en fase de eliminatorias en el Estadio Azteca, cuyos habitantes han quedado cercados por operativos policiacos mientras la jefa de gobierno Clara Brugada pinta de morado la precariedad y el caos de la Ciudad de México.
Atte. Consejo Editorial de La Furia
★
FUTBOL, COMUNIDAD Y NACIÓN
Edwing Solano
Este ensayo es una reflexión sobre una nación volcada al futbol, donde cabe preguntarse: ¿Qué papel desempeña hoy una selección en la Copa del Mundo? Ya que el impacto de este deporte trasciende los resultados o las reglas del juego; la existencia misma de un combinado nacional posee una relevancia intrínseca. Sumado a un contexto global de migración, donde las diferencias culturales han adquirido un nuevo relieve: mientras que antes la unificación nacional se oponía a la preservación de las diversidades regionales, hoy buena parte de las selecciones de futbol buscan, precisamente, la reafirmación de dichas identidades, citando a Albania y Jamaica como ejemplos de selecciones compuestas mayoritariamente por jugadores nacidos en el extranjero.
I
El nacionalismo, originado a finales del siglo XIX como una ideología de derecha y expansión estatal,* ha evolucionado hasta hoy y ha encontrado en el fútbol un escenario global privilegiado para manifestar la identidad del Estado-nación. Como señala el historiador Eric Hobsbawm, este concepto surgió vinculado a grupos de derecha en Francia e Italia que agitaban la bandera nacional frente a extranjeros, liberales y socialistas, promoviendo una expansión agresiva de su propio Estado. En este sentido, la convergencia entre la transnacionalización mediática y las dinámicas locales de movilidad humana impulsa a las sociedades contemporáneas a buscar nuevas formas de reafirmación identitaria, especialmente al apostar por la convivencia de distintos grupos en naciones cada vez más pluriculturales.
Los cambios en el mercado global han transformado a los equipos de fútbol en una instancia de identidad nacional antes inexplorada. Sin importar la riqueza de un país o su contexto de conflicto, la conformación de una selección nacional y el prestigio de participar en un encuentro mundial crean una entrada imaginaria a una modernidad “hermanada”, otorgando un sentido de pertenencia al estatus del primer mundo. De este modo, el fútbol ofrece un “atajo simbólico”: ser competitivo en una justa de alto nivel proyecta legitimidad y poder ante la comunidad internacional, construyendo un nacionalismo que se consolida cuando el símbolo patrio se comercializa globalmente.
Ante este fenómeno, cabe preguntarse si la selección representa realmente la totalidad de los elementos simbólicos de la nación o si funciona, más bien, como una herramienta mediática del Estado para fabricar pertenencia. Provocar esta unión de manera imaginaria es, precisamente, un proceso clave en la construcción de la idea de nación (véase Comunidades imaginadas de Benedict Anderson). Bajo esta premisa, la nación es un producto cultural constituido como una comunidad política, imaginada como inherentemente limitada y soberana. Se define como «imaginada» porque, aunque la mayoría de sus miembros jamás se conocerán entre sí, en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión; una comunión que hoy encuentra en el estadio de fútbol su representación más tangible.
Para explicar qué provoca la unión entre estos grupos, Hobsbawm decía que la base del nacionalismo decimonónico radicaba en la voluntad de los individuos de identificarse emocionalmente con su nación y movilizarse políticamente. Son estos sentimientos compartidos —símbolos, recuerdos, simpatías y antipatías— los que se configuran y materializan en el encuentro social. En sintonía con esta idea, el sociólogo Max Weber ya había señalado que la nación es, fundamentalmente, una «comunidad de sentimientos”.
Entonces ¿Hay diferencia entre la idea patria y de nación? Para Hobsbawm (1998), la diferencia es clara: la patria nace de la convivencia y los vínculos reales entre las personas. En cambio, la nación es una comunidad «imaginaria», basada en un vínculo abstracto entre millones de desconocidos. A medida que las comunidades tradicionales (la familia, el barrio o el gremio) entraron en declive, el Estado y el nacionalismo buscaron reemplazarlas. Para ello, transfirieron la lealtad y el afecto que antes se sentía por lo local hacia la idea de nación, utilizando conceptos como «suelo patrio» para unir a una población mucho más amplia.
“Como en otro tiempo, la mayor parte de los acontecimientos de la vida y de la gente, sus miembros sintieron la necesidad de algo que ocupara su lugar. La comunidad imaginaria de la nación podía llenar ese vacío» (Hobsbawm 1998:149).
Así, tras su creación, la nación consolidada funciona como el sistema principal de control social, pero logra forjar un sentimiento de igualdad entre sus miembros, ignorando las jerarquías existentes. En su libro Fútbol y cultura, los antropólogos Rubén Oliven y Arlei Damo coinciden con que la ida de nación transformó a los antiguos súbditos de los imperios en ciudadanos: personas que se ven unas a otras como iguales y que gozan de los mismos derechos; equiparando bajo la misma categoría a amos y esclavos, explotados y explotadores, manda maces y subalternos, en una ilusión tan falsa como “la igualdad ante la ley” tan pregonada tanto en las repúblicas feudales (monárquicas o republicanas), como en los modernos estados “democráticos”. Esta ilusión se diluye en la actualidad a la hora de comprar un boleto para el mundial 2026.
Derivado de sus estudios de nacionalismo, el politólogo e historiador Benedict Anderson concluyó que el sentimiento de nación nace de ritos compartidos. Antiguamente, antes de la imprenta, los peregrinajes religiosos eran los principales generadores y soportes de la comunidad. Sin embargo, Anderson explica que la identidad nacional adquirió sentido a través de los «peregrinajes colaterales». A diferencia de los viajes a Roma o La Meca, estos caminares laicos consistían en trayectos de burócratas y militares que, al compartir leyes y códigos en distintos puntos de un territorio, crearon un sentimiento de hermandad e intercambiabilidad. Es decir, el funcionario comprendía que podía desempeñar su labor en cualquier rincón del país; de esta práctica surgía un lazo de identidad con colegas lejanos que utilizaban sus mismos códigos. Finalmente, este vínculo terminaba en la frontera administrativa, dibujando así el límite mental de la nación.
Es importante recordar que, para Anderson, la nación siempre es imaginada; lo que estos viajes logran es darle una base material a esa imaginación. En este sentido, Eric Hobsbawm considera algo más, que dichos trayectos fortalecieron la idea de nacionalidad al transformarla en un tejido real de relaciones personales, superando la noción de una comunidad puramente abstracta. Para estos sujetos, la conexión con otros patriotas se volvía potencial y tangible al encontrarse lejos de su lugar de origen, compartiendo una esencia común frente a lo «ajeno»: “Cada patriota tenía una conexión personal potencial con los demás patriotas cuando se encontraban”.
Bajo esta misma lógica, ¿Es posible encontrar una transición entre los funcionarios coloniales y el fenómeno deportivo moderno? Podemos decir queel peregrinaje relativo al fútbol es análogo al caminar laico de los funcionarios de gobierno. Hoy, uno de los ritos más poderosos de identidad es el Mundial de fútbol. Cuando juega la selección, la «comunidad imaginada» se vuelve tangible: en la cancha no solo compiten deportistas, sino los sentimientos y el orgullo de todo un país. El torneo funciona, en esencia, como una forma simbólica y pacífica de tramitar antiguos conflictos territoriales; una sustitución de la guerra por un juego con reglas claras.
Finalmente, a manera de «patrias chiquitas», estas peregrinaciones se viven cada fin de semana en todas partes del mundo. Los clubes deportivos convocan a sus seguidores, y las porras, en su caminar, siguen las huellas de sus equipos, llevando con ellas las miles de voces de quienes se quedan en casa frente a la pantalla. En este acto, el aficionado deja de ser un espectador aislado para convertirse en parte de un cuerpo colectivo que reclama su territorio en cada estadio.
II
¿Existe un vacío simbólico en el fútbol o es éste importante simbólicamente, además de comercialmente? Esta es una pregunta central de la sociología del deporte contemporánea. Lejos de ser un vacío, el fútbol se ha convertido en el contenedor simbólico más denso de nuestra época, precisamente porque otras instituciones —como la escuela, el ejército o los partidos políticos— han dejado de ser capaces de convocar ese sentimiento de pertenencia. En su libro Fútbol y patria (2001), Pablo Alabarces explica que las instituciones que producen nacionalidad se han deteriorado o han perdido todo sentido:
“En su lugar, pasan a primer plano otras formas de nacionalidad que, aunque existían previamente, nunca antes habían cubierto los vacíos de creencia con la fuerza de hoy. En el estallido de identidades que algunos llaman posmodernidad, el fútbol opera como aglutinante: es fácil, universal y televisivo. No es la nación, sino su supervivencia pulsátil; o quizás, la forma en que la nación incluye hoy a quienes, de otro modo, abandona”.
Como bien señala Roger Bartra la identidad mexicana es una construcción artificial diseñada por las élites políticas e intelectuales para legitimar al Estado moderno. El ciudadano ha aprendido a “ser mexicano” a partir de las narrativas del cine y las historietas. Claro, este ser, que está a punto de modernizarse sin lograrlo del todo, es análogo a la trayectoria de un partido político que gana legitimidad a medida que las promesas de desarrollo se materializan. Así, el mexicano resulta leal a su propio estereotipo y a su voluntad de enfrentar las adversidades impuestas por gobiernos más poderosos. Al final, en nuestra geografía, la lealtad se manifiesta como un dogma: somos tan devotos a la Virgen como a los colores partidistas —azul, rojo, amarillo o “morena”—, fundiendo la fe religiosa con la identidad política.
En un sentido similar, Rubén Oliven y Arlei Damo plantean que el futbol funciona a través de un sistema de lealtades cuyo mecanismo es comparable al amor por la religión o el país. Pertenecer a una nación implica una fidelidad que a menudo se denomina patriotismo. En nuestro caso, el afecto hacia la selección nacional no nace de su excelencia deportiva, sino de ese eterno estado de transición donde lo relevante no es ganar, sino la convicción de que se estuvo “a punto” de lograrlo; es decir, el famoso “ya merito” o el “jugamos como nunca, pero perdimos como siempre”.
“Negarse a luchar por el propio país significa deserción, crimen que en tiempos de guerra es castigado con la muerte. Pertenecer a un club significa serle leal, estableciéndose una relación analógica. Vibrar cuando el club gana, sufrir resignadamente cuando pierde” (Oliven y Damo 2001:22).
Bajo esta lógica, debe enfatizarse que el futbol no es la causa, sino un medio para la movilización social. No es el deporte lo que produce la integración en una sociedad fragmentada, sino la urgencia de desarrollar un sentido de apego o pertenencia. Esta necesidad se vuelve imperativa ante la imposibilidad de lograr dicha cohesión en otras circunstancias, especialmente cuando el sentimiento de autoestima colectiva se encuentra en su nivel más bajo.
Para el académico argentino Pablo Alabarces, fue la tradición la que acabó proporcionando los símbolos principales con los cuales la nación terminaría identificándose. En un periodo donde la construcción de una identidad nacional era una constante, el objetivo central era presentarle al mundo quiénes somos como nación y qué nos diferencia de las demás. Hoy, las narrativas que utilizan al futbol como argumento nacional funcionan como un discurso de segundo orden; se intenta desplazar el sentimiento hacia la nación bajo el nombre de «selección mexicana». Sin embargo, como señala el sociólogo, el futbol puede capturar la lealtad y el afecto de la gente, pero carece de la función social necesaria para ser considerado patria.
En consecuencia, establecer una equivalencia total (futbol = nación) resulta imposible porque el deporte no resuelve las necesidades de la comunidad; definitivamente, el futbol no es patria, a pesar de los desesperados intentos de algunos de sus intérpretes por suponerlo.
III
La televisión llevó al futbol a los bares, aeropuertos, hoteles, restaurantes y toda suerte de lugares públicos al rededor del planeta, además de introducirlo a las casas, a los recitos familiares de todos los países. Sin la televisión, el futbol no habría tenido el impacto que actualmente posee en todo el mundo. A partir de los años sesentas el futbol en México se convierte en el deporte más popular de la nación, logrando llegar hasta los lugares más recónditos del territorio nacional.
La televisión y la radio han encontrado las condiciones óptimas para constituirse en los referentes fundamentales de la construcción de imaginarios colectivos en torno a lo político, lo público y los procesos de modernización. En su libro El deporte rey (The Soccer Tribe, 1981), el zoólogo y etólogo Desmond Morris analiza el futbol no como un simple juego, sino como un fenómeno tribal. Para Morris, aunque el seguidor esté interesado en los detalles técnicos al ver los partidos por televisión o apoye al equipo nacional en ocasiones especiales, “su corazón siempre pertenecerá a un conjunto determinado: la lealtad tribal a su club local”. A los miembros de esta tribu les apasiona revivir cada detalle del juego —momentos de gloria o jugadas polémicas— antes a través del periódico, ahora por la repetición en pantalla o la crónica radial.
De este modo, los medios crean una tribu global. Mientras que en la antigüedad los rituales requerían la presencia física, la televisión permite que millones de personas participen en culto a la pelota desde sus hogares. Los medios actúan como un sistema nervioso que conecta a los integrantes del grupo, permitiéndoles compartir las emociones de triunfo o derrota de forma simultánea. No obstante, Morris advierte sobre un riesgo latente: la transformación del “cazador ritual” (el fanático activo) en un espectador pasivo, atrapado frente a la inmovilidad de una pantalla.
Ciertamente, la novela, al realizar descripciones genéricas de la vida cotidiana, al hablarle a los lectores con una complicidad que los une; fue uno de los primeros medios, ideal para generar la idea de una comunidad que hace las mismas cosas a un mismo tiempo. Según Anderson, el periodismo es un género mucho más ficcional de lo que solemos creer. En una portada de periódico, por ejemplo, suele hacerse referencia a hechos que no tienen ninguna relación directa, es decir, fuera de la contextualización. La arbitrariedad de su inclusión y yuxtaposición pondría en evidencia que la relación entre ellos es imaginada. Imaginación que se basaría, fundamentalmente, en dos hechos: la coincidencia cronológica y la relación entre el periódico, concebido como un tipo de libro, y el mercado, lo que él llamó “capitalismo impreso”.
El libro-periódico fue el primer objeto de consumo producido en masa, al menos entre lo aquellos que sabían leer. La lectura de la prensa se convirtió en una ceremonia masiva que tenía lugar cada mañana en un mismo territorio y que contribuía a generar su correspondiente comunidad imaginada nacional. En Latinoamérica la imprenta se vio estrechamente controlada por la Corona y la Iglesia. Con todo, el periodismo ayudó a crear, de manera inconsciente e incluso apolítica, un fuerte sentimiento de comunidad nacional. A pesar de su carácter provinciano, los numerosos periódicos existentes eran conscientes de la existencia de los demás periódicos, llegando a formar, de este modo, una provincianidad interrelacionada de la que parece provenir el doble carácter, continental y provinciano, del nacionalismo hispanoamericano original.
El siglo XIX fue el período en que se eclipsó la comunicación oral cuando se amplió la distancia existente entre la autoridad y los súbditos. Desde el punto de vista del estado, la escuela representaba otra ventaja fundamental: podía enseñar a los niños a ser buenos súbditos y ciudadanos. Para historiador Eric Hobsbawm «hasta el triunfo de la televisión ningún medio de propaganda podía compararse en eficacia con las aulas». La construcción del lenguaje en la constitución de lo nacional es central, adquiriendo carácter pre formativo: si las palabras hacen cosas, ciertos discursos crean naciones y nacionalidades. En esa cultura de masas, primero gráfica y desde 1920 también radical y cinematográfica, la narración de la identidad nacional encontró un amplio y eficaz territorio donde manifestarse.
En algún momento se transmitió de voz en voz a través de la oralidad; hoy, los periodistas son los principales constructores de la narrativa heroica, con lo que la operación mitificadora se vuelve un círculo vicioso: inventar un héroe para luego constatar o postular la eficacia de la invención. Pero es en los grandes encuentros como en la Copa Mundial de la FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociación) en donde el simple jugador se legitima ante su pueblo salvándolo de la derrota. La transformación de estos en héroes o villanos, en modelos a ser emulados o no, y el cuidadoso análisis de su desempeño, son ejemplos de procesos de producción simbólica de lo nacional a través del examen de las virtudes deportivas. El simbolismo que da el futbol necesita del éxito deportivo que vuelva eficaz la representación de lo nacional al igual de héroes que soporten la épica de la fundación histórica. Como señalan los antropólogos Rubén Oliven y Arlei Damo: “Lo que torna excitante a un partido de fútbol […] es la riqueza simbólica expresada en el ritual”.
Valdría la pena preguntarse: ¿puede una selección de fútbol ser simbólicamente relevante para la construcción del sentimiento de nacionalidad y pertenencia o, por el contrario, se trata solo de una exageración de los medios? La respuesta dependerá de la época y la región; el fútbol no desembarca únicamente como una práctica deportiva, sino como un sistema de consumo material y simbólico. Actualmente, el mercado global de indumentaria futbolística posiciona a la juventud dentro de los circuitos de moda, reafirmando al fútbol como un ritual simbólico de modernización.
La fiebre por el fútbol espectáculo también ha ocultado la desigualdad estructural, generando una creciente antipatía por la participación política. Cuando la calidad de vida empeora, la gente deja de sentirse parte de un proyecto político o de una comunidad ciudadana. Al ser desplazado de la ciudadanía al consumo, el sujeto queda atrapado en una paradoja mediática: una inclusión simbólica universal que, en la práctica, lo excluye de la representación activa. En este escenario, el fútbol trasciende la naturaleza excluyente de las identidades al convertirlas en procesos de identificación colectiva, donde los símbolos de consumo operan como el vínculo de una comunidad de sentimientos.
Por ello, las derrotas de la selección nacional son momentos propicios para invocar el ‘alma nacional’. Ante el fracaso, la pregunta que todos se hacen exige una respuesta: ¿Por qué perdemos? Acaso el día en que México gane la Copa del Mundo será cuando su estructura política mejore en beneficio del país; cuando los niños no nazcan desnutridos, cuando quienes asisten a la escuela lleguen desayunados y cuando la educación física deje de ser un simple trámite. En fin, se trata de una transformación de la estructura sistémica y no solo de una concesión simbólica.
Notas
*En contraste a esta concepción, también encontramos el nacionalismo de las clases subalternas (sobre todo criollas) de carácter anticolonial en el siglo XIX, usado como ente unificador de estas clases para iniciar guerras de liberación nacional, este fenómeno fue muy extendido en todo el continente americano, de hecho desde el siglo XVIII Haití comienza la primera revolución de esclavos que triunfa en 1791 y consolida su independencia respecto de la monarquía francesa en 1804; mientras que Argentina, Chile, Venezuela y México iniciaron su guerra de independencia en 1810, logrando su independencia en 1816, 1818, 1819 y 1821 respectivamente. Les siguieron Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Perú (1821-24) bajo la dirección de Simón Bolívar, Ecuador (1822), Bolivia (1825), Uruguay (1828).
Todos estos países lograron su independencia a sangre y fuego, a excepción de Brasil, cuando en 1822 el príncipe heredero Pedro I declaró la separación de Portugal mediante un proceso político impulsado por la élite. Cuba fue de los últimos países en iniciar su guerra de liberación nacional (1895-1898) contra España, culminando con la intervención norteamericana en 1898 y el nacimiento de su república en 1902.