Argentina: Por la independencia de clase, contra las alianzas de colaboración y adaptación del FIT-U

Por Cary Velardo

La historia del movimiento obrero revolucionario demuestra que la independencia de clase es una cuestión de vida o muerte para la emancipación de los explotados. Las alianzas electorales con sectores de los partidos capitalistas, incluso con sus alas más progresistas o nacionalistas, representan una capitulación teórica y práctica a la estrategia del frente popular. El Estado capitalista no es un terreno neutral que pueda ser gestionado o reformado desde adentro, sino un aparato de dominación al servicio de la burguesía.

Aliarse con variantes burguesas o pequeñoburguesas obliga a la izquierda a moderar su programa, a silenciar las consignas transitorias y a subordinar la movilización independiente de los trabajadores a los intereses electorales de sus socios patronales. Lejos de ser un atajo para acumular fuerza, alianzas de este tipo confunden a la vanguardia, desarman políticamente a la clase obrera y abren la puerta a derrotas históricas, preparando el terreno para la reacción.

Esta desviación estratégica se observa con claridad en la evolución del Frente de Izquierda y de Trabajadores – Unidad en Argentina, cuyas fuerzas principales han ido sufriendo una progresiva adaptación al régimen democrático-burgués y a la rutina parlamentaria, relegando la perspectiva de la revolución socialista a una mera proclamación retórica en época de campaña.

En el caso del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), su política ha estado marcada por un creciente electoralismo y un democratismo de vitrina que prioriza la construcción de figuras públicas y la presencia mediática por encima de la inserción orgánica y clandestina en los lugares de trabajo estratégicos. Un ejemplo concreto de esta adaptación se vio en su intervención durante los momentos de aguda polarización política de los últimos años, donde el PTS tendió a subordinar la agitación por un gobierno de los trabajadores a la defensa abstracta de las libertades democráticas del régimen, diluyendo la confrontación frontal con las instituciones burguesas en pos de una retórica parlamentaria aceptable para el progresismo universitario y sectores medios urbanos.

Por su parte, el Partido Obrero (PO) ha profundizado una peligrosa estatización a través del manejo y la administración de organizaciones sociales y planes estatales. Su inserción en el movimiento piquetero, a través del Polo Obrero, lo ha llevado muchas veces a una dinámica de negociación y gestión cotidiana con los ministerios de desarrollo social del Estado burgués. Un ejemplo elocuente de esta deriva ocurrió cuando el PO y su aparato piquetero se vieron enredados en las lógicas de contención, administración y contraprestación de planes sociales, convirtiendo al partido en un mediador obligado ante las carteras estatales y priorizando la subsistencia de su estructura organizativa por sobre la independencia de la lucha de los desocupados, lo que erosionó su delimitación frente al Estado y generó fuertes crisis internas ligadas al manejo de los recursos y la burocratización.

En cuanto al Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST), su trayectoria está plagada de oportunismo político y constante flexibilización programática mediante alianzas de colaboración de clases. El ejemplo más paradigmático de esta orientación fue su participación e integración en el frente Proyecto Sur junto a Fernando «Pino» Solanas y diversos sectores del centroizquierdismo nacionalista y burgués. Aquella experiencia demostró cómo el MST estuvo dispuesto a diluir las fronteras de clase para subirse a un armado electoral policlasista que respondía a los intereses de sectores patronales descontentos, subordinando el programa socialista a un armado democratizante y reformista que terminó disolviéndose sin dejar ninguna base para la revolución.

Finalmente, Izquierda Socialista (IS) manifiesta una adaptación constante a través del rutinizamiento sindical y el seguidismo a las corrientes reformistas o burocráticas del movimiento obrero. Un ejemplo claro se evidencia en su práctica sindical histórica, donde IS suele diluir la delimitación política y la independencia de los activistas clasistas con tal de integrar listas comunes o frentes sindicales con direcciones burócratas u oposiciones moderadas que no cuestionan los marcos de la legalidad patronal. Asimismo, en el plano internacional, ha incurrido en graves capitulaciones al alinearse con campos burgueses en conflictos geopolíticos regionales, respaldando de forma indirecta a sectores atlantistas o liberales bajo la excusa de una supuesta «resistencia nacional», traicionando de este modo el principio elemental del internacionalismo proletario.

Frente a este balance de adaptación al régimen y parlamentarismo rutinario, la tarea imperiosa del marxismo revolucionario es levantar la construcción de un verdadero partido de vanguardia regido por el centralismo democrático. Un partido que rechace tajantemente cualquier pacto electoral o político con la burguesía, que combine la más firme intransigencia principista con una inserción profunda en las entrañas de la clase trabajadora, y que articule las demandas inmediatas con un programa de transición orientado a la destrucción del Estado burgués, la instauración de órganos de poder obrero y el triunfo de la revolución socialista internacional.

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