Jesús Valdez / La Furia
21 de junio de 2026
Este 19 de junio de 2026 se cumplen 10 años de la masacre en Nochixtlan, Oaxaca y la posterior resistencia en Hacienda Blanca. Presentamos a continuación, un par de textos escritos en 2016 y 2025 como uno solo, como ejercicio de memoria y balance de una de las batallas más importantes del magisterio y el pueblo oaxaqueño.
En esas fechas, 34 puntos neurálgicos del sistema carretero que comunica a todo el Estado de Oaxaca se encontraba bloqueado por padres y madres de familia, campesinos, estudiantes y docentes de la Sección 22 de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación.
En mayo de 2016, la Sección 22 del magisterio oaxaqueño, estalló una huelga en demanda de la abrogación de la reforma educativa aprobada en el año 2013 por la Cámara de Diputados, cuya mayor afrenta, era el despido inmediato a todo aquel que se negara a presentar la evaluación punitiva o faltase 3 días consecutivos a su centro de trabajo (quedando anulado en los hechos el derecho de huelga), esto según lo marca la Ley General del Servicio Profesional Docente.
La actitud de Enrique Peña Nieto (Presidente de la República), Miguel Ángel Osorio Chong (Secretario de Gobernación), y la Secretaría de Educación Pública era desafiante, ningún canal de diálogo se abrió con el magisterio disidente en la medida que la huelga no fuera levantada, el único camino para el gobierno federal, era arrodillarse frente a su poderío, pero no fue así.
Durante todo el mes de mayo y junio, hubo diferentes intentonas para debilitar a un movimiento que fue impulsado no solo por las y los docentes, sino también por padres y madres de familia de diversas regiones del estado, principalmente Miahuatlán y la Mixteca, estábamos ante un movimiento con mucho empuje y superior en cuanto a capacidad de movilización si lo comparamos a la insurrección de 2006.
Suenan los tambores de guerra
Los primeros enfrentamientos se dieron en el Instituto Estatal de Educación Pública, donde la Policía Federal intentó doblegar el plantón que la Sección 22 mantenía, este instituto fue tomado militarmente a mediados del año 2015 por la Policía Federal. En esta y en diferentes escaramuzas, los policías federales fueron derrotados de manera consecutiva ante un magisterio rebelde, combativo y experto en el arte de la guerra.
Ante tal escenario, y como en toda guerra, el factor sorpresa nunca fue menospreciado por ninguna de las dos fuerzas, una preparada militarmente para reprimir, encarcelar, torturar y asesinar; la otra forjada en más de 500 años de resistencia contra la conquista europea, los distintos cacicazgos y gobiernos en turno. Ya el pueblo oaxaqueño había derrocado a Manuel Zarate Aquino décadas atrás y enfrentado una pelea a muerte contra el asesino y represor Ulises Ruiz Ortiz en el año 2006.
Cuando se quiere debilitar al campo enemigo, más especialmente, a un movimiento sindical o popular, lo primero es decapitarlo: Se giraron órdenes de aprehensión contra la mayoría de los líderes magisteriales, se organizó un boicot financiero al Comité Ejecutivo Seccional del magisterio, y se ordenó a todos los maestros comisionados presentarse en sus centros de trabajo.
Muchos compañeros de la dirección seccional, se cambiaron de look, dejaron de asistir al edificio sindical por temor a la represión administrativa o simplemente tiraron la toalla.
Otro sector muy activo desde los distintos centros de trabajo, zonas escolares y comunidades rurales con mucho arraigo, se mantuvieron activando, informando a sus compañeras y compañeros, a los padres de familia, generando y construyendo las condiciones para una huelga como la estallada en mayo.
La dirección magisterial, tras las rejas

En octubre de 2015, varios compañeros que activaban sindicalmente como Othón Nazariega, Roberto Abel Jimémez, Juan Carlos Orozco Matus, Heriberto Magariño y Efraín Picazo, fueron apresados trasladados a penales de máxima seguridad.
En la televisión mexicana, varios de estos compañeros fueron presentados como delincuentes y subidos a un avión de la Policía Federal después de haber recibido una golpiza brutal.
El 11 de junio, Francisco Villalobos (Chico Pelón), que fungía como Secretario de Organización de la Sección 22 es detenido. Dos día más tarde, el Secretario General Rubén Nuñez Gines, Secretario General del sindicato magisterial, también es detenido.
Con los principales dirigentes del movimiento magisterial tras las rejas, pareciera que todo estaba perdido para la causa de los de abajo, «los nadies» de los que hablaba Eduardo Galeano, parecía que era ineludible la victoria del gobierno federal al costo que fuera, pero quien puede llegar a pensar eso, es porque no conoce a la heroica y combativa sección 22, como tampoco conoce la capacidad de combate, resistencia y heroicidad del pueblo oaxaqueño.
Comienza la resistencia
Una vez estallada la huelga, y con las dirección del sindicato tras las rejas, se instaló (como se acostumbraba cada año) un plantón en el Zócalo de Oaxaca capital, impulsado tanto por docentes, como por padres y madres de familia, llegando a ser este sector mucho más combativo y disciplinado que la plantilla docente en muchos casos, tan es así, que muchos padres de familia tuvimos que tomar escuelas, cerrarlas y empujar a la plantilla docente para estallar en paro. En el caso de muchas comunidades, no se aceptaría de vuelta en ningún centro de trabajo a ningún docente que no se presentara a la jornada de lucha y al plantón.
Pasaron las elecciones del 6 de junio, la mayoría de las corrientes oportunistas a lo interno de la Sección 22 orientaron hacia el cuidado de las urnas en la jornada electoral, tratando de desbaratar la resistencia que había costado meses construir, lograron debilitar el plantón y desmovilizar a miles de maestras y maestros, sin embargo, las movilizaciones en las distintas regiones del Estado de Oaxaca continuaron, antes y después de las elecciones.
Dos semanas antes del 6 de junio, un planteamiento táctico se había planteado en la asamblea estatal, desde los sectores más combativos y consecuentes del gremio: el bloqueo de las 34 arterias del sistema carretero de Oaxaca
En un inicio, la propuesta no pudo consolidarse porque la mitad del gremio estaba pensando en la jornada electoral, los grupos oportunistas prometían que si ganaba el candidato de Morena (un narcotraficante llamado Salomón Jara), la reforma educativa en Oaxaca no pasaría.
Salomón Jara perdió las elecciones frente al PRI, y el plan de activar los bloqueos carreteros comenzó a tomar fuerza. A pesar de que fue un acuerdo en la asamblea estatal, llevó al menos una semana activar el plan de acción a nivel estatal, una vez echado a andar este plan, fue un éxito rotundo, pues contó con el apoyo de amplias capas de la población.
La respuesta del gobierno federal no de hizo esperar, en los medios de comunicación se hablaba de que la huelga magisterial era repudiada por los padres de familia y la sociedad en general, la realidad apuntaba en otra dirección.
Dos mil elementos de la Policía Federal arribaron al aeropuerto Benito Juárez en la capital de Oaxaca, en un par de horas se aglutinaron 10 mil docentes en dicho aeropuerto para impedirles el paso.
En el transcurso de la semana previa al 19 de junio, el gobierno federal estuvo movimiento sus piezas en lo que en el argot militar se conoce como «guerra de posiciones». El movimiento magisterial y popular estaba haciendo lo propio en el mismo sentido.
Durante esos días, la policía federal fue derrotada en Juchitán, desde donde te pretendía romper la resistencia del pueblo oaxaqueño y del magisterio democrático para arribar a la capital oaxaqueña, ya que en Ciudad Ixtepec existe una base aérea del ejército mexicano a dónde arribaron cerca de 2 mil elementos de la Policía Federal.
Para esas fechas ya se habían establecido más de 20 barricadas desde el crucero de Viguera hasta Hacienda Blanca, qué son las principales vías de acceso a la capital desde Puebla y la Ciudad de México.
La mañana del 19 de junio, nos enteramos por las redes sociales, además de las comunicaciones del movimiento, del asesinato de 11 camaradas en Nochixtlan, Oaxaca. En ese momento nos encontrábamos en un taller de zapoteco en el Valle de Tlacolula, fue un momento de definición, pues al término del taller y atender tareas de la comunidad, decidimos partir hacia el crucero de Hacienda Blanca para enfrentar una tarea histórica, sabiendo que podría ser la última batalla para algunos de nosotros, sin embargo salimos bien librados sin mayores lesiones, gracias a que algunas bombas de gas que nos lanzaron no estallaron en el momento correcto.
Desde el Valle de Tlacolula decidimos acudir a esta batalla, sabiendo que podría ser definitoria del destino de estos pueblos en los cuales tiempo más tarde nos enteramos que tendríamos 39 concesiones mineras activadas en toda esta región, acompañada de una iniciativa para construir una base militar en San Mateo Macuilxochitl y Teotitlán del Valle, ante lo cual la población se opuso y el proyecto fue redireccionado en un primer momento hacia Tanivet, Tlacolula; y en un segundo momento, a Mitla en donde la población y la asamblea comunitaria rechazaron dicho proyecto.
Dicho esto para nosotros era muy claro, que la derrota del movimiento magisterial también sería la derrota de los pueblos del Valle del Valle de Tlacolula y la derrota de los pueblos que se oponen a las más de 422 concesiones mineras se encuentran activas por periodos de hasta 50 años.
La batalla de Hacienda Blanca, crónica desde la última resistencia
La guerra está compuesta de muchas batallas, pero hay batallas en las que se define el curso de la guerra, de la que resultan los ganadores y también los perdedores.

Fotografía: Oaxaca ingobernable, Avispa Midia, 2016
*Crónica escrita el 23 de junio de 2016
En el primer enfrentamiento de Nochixtlán, de acuerdo con el censo de los compañeros médicos, el saldo de esta batalla fue de 11 compañeros asesinados por las balas del Estado. Se calcula que hubo cerca de 50 heridos, de los cuales actualmente 5 se debaten entre la vida y la muerte. La mayoría de ellos son padres de familia de comunidades vecinas y de Tlaxiaco que llegaron a reforzar el bloqueo carretero desde hace más de una semana.
El presidente municipal de Nochixtlán, Daniel Alberto Cuevas Chávez, albergó a los policías federales en su rancho y no permitió que los heridos fueran atendidos en los hospitales de Asunción Nochixtlán, por lo que muchos de ellos fueron trasladados a hospitales de Huajuapan de León y Tlaxiaco. Durante la refriega, se instalaron módulos de médicos y enfermeras que se solidarizaron con la CNTE ante la represión policial.
En Hacienda Blanca y Viguera, que son la entrada a la ciudad de Oaxaca, los maestros y maestras de la Sección 22, instalaron en días recientes, bloqueos y retenes donde a los policías federales se les había decomisado material anti-motín y de hecho fue quemado públicamente. El objetivo de este retén (que en poco tiempo se convirtió en bloqueo permanente y evolucionó hacia la instalación de 20 barricadas), fue impedir la entrada de la Policía Federal a la Ciudad de Oaxaca, donde se encuentra el plantón de los maestros en el Zócalo; uno de tantos bastiones de la resistencia magisterial y popular.
Previo a la represión del día 19 de junio, la Policía Federal ya había salido con el rabo entre las patas tras intentar reprimir a los pobladores del Istmo de Tehuantepec donde, a pesar de que lograron desalojar algunos bloqueos, los mismos se rearticulaban con un apoyo cada vez más marcado de la población. Los federales se quejaron de que los comuneros los recibieron y hasta los corrieron a balazos, encontraron su revancha fue Nochixtlán bajo las órdenes de Enrique Peña Nieto y Miguel Ángel Osorio Chong, secretario de gobernación, los federales eran en ese momento como perros rabiosos.
El que escribe esta misiva, llegó a la barricada de Viguera a las 5 de la tarde, habían transcurrido ya 6 horas de enfrentamiento desigual entre profesores y pueblo en general principalmente, contra la Policía Federal que pretendía avanzar a tiros.
A nuestro arribo, habían varios tráilers incendidados y camiones de pasajeros afiliados a líneas priístas en llama. Una enorme cortina de humo negro se erigía a la distancia con un helicóptero sobrevolando la zona. Mujeres llevando comida, jóvenes y vecinos preparando bombas molotov, abuelitas llevando gasolina y botellas de diesel para incendiar el material del metrobús en construcción, los vecinos de los alrededores se mantenían expectantes ante lo inevitable. Un compañero y su servidor nos aventuramos a entrar en las enormes cortinas de humo como peces en el agua, tras caminar 100 metros, vimos el avance de la Policía Federal.
Habíamos muchos jóvenes encapuchados lanzando piedras, bazucas con cohetones, los federales estaban acorralados por ambos frentes por un contingente no profesional -pero sí muy aguerrido- de rebeldes. Esta escena no duró más de un par de minutos cuando comenzaron a detonar armas de fuego a quemarropa, 50 balas por segundo, algunas zumbaban cerca de nuestros oídos, otras se escuchaban en series más constantes, tales como aquellos armamentos que derriban helicópteros.

Pero no era Siria ni Bagdag, sino México y quien disparaba era el ejército mexicano -disfrazado de Policía Federal- tratando de asesinar a quienes nos encontrábamos a su paso.
Rápidamente un vecino nos dejó albergarnos en su domicilio. Temíamos que al salir por la puerta trasera encontráramos un cerco policíaco y la cárcel o la muerte a metros de distancia, pero valía la pena correr el riesgo antes de que los federales se dispusieran a entrar a los domicilios particulares.
Acto seguido, nos dimos a la tarea de monitorear la zona para ver las rutas de escape en caso de una represión más brutal. Nos percatamos de que no había federales, sino vecinos que apenas comenzaban a salir de sus casas y se concentraban en los alrededores del crucero del Viguera.
Por la distancia, algunos no escucharon los disparos, entonces decidimos seguir con nuestra tarea. Entramos y salimos por todos los lugares posibles. A nuestro paso encontramos la solidaridad del pueblo que veía con admiración y respeto nuestra resistencia.
Muchos vecinos ya estaban haciendo barricadas para evitar el paso de los federales por calles aledañas. Abuelas, abuelos, niñas, niños, señoras, señores con las puertas de su casa abiertas para refugiarnos en caso de que fuera necesario.
Tras dos horas ya eran dos helicópteros de la Policía Federal los que nos disparaban bombas de gas directo a la cabeza, volando a pocos metros de distancia del suelo. Una vez que la Policía Federal logró replegar a una avanzada de heroicos hombres y mujeres, estos últimos arribaron al crucero de Viguera blancos, gaseados y agotados por horas de batalla. «¡Ese apoyo si se ve!» gritaban los vecinos. En segundos un helicóptero de la Policía Federal atacó a los manifestantes a tan sólo 4 metros de altura.
Con el transcurrir de las horas, las bombas de gas caían en las casas de los vecinos, lo cual los irritó y se volcó el apoyo total con el movimiento magisterial y popular. Llegaban cajas y cajas de coca-cola, cubetas vinagre, tortas, aguas. «¡Ánimo!» nos decían, «¡no se dejen!». De vez en vez este tipo de apoyo revitalizaba a los combatientes.

Las últimas dos horas fueron de ataque y repliegue. Uno no se puede quedar inmóvil ante la injusticia y un combate desigual: piedras contra balas, correr de los helicópteros, correr de las bombas de gas de tierra y aire, correr de los balazos. De vez en vez regresarles las bombas de gas lacrimógeno, lanzarles piedras, cohetones, gritar consignas, mostrar una moral indomable, luchar a costa de las condiciones adversas.
«Si los dejamos pasar, van a entrar al Zócalo, ánimo compas, esta es la última batalla, si nos vencen aquí ya nos chingamos»
Eran las palabras de los combatientes. Resistimos un buen rato. Después, una tensa calma en la retaguardia de Viguera mientras en el frente seguían los combates. Ya cerca de las 8 de la noche los federales entraron a Viguera. Estaban esperando que estallaran los tanques de los dos últimos tráilers, esperaban más refuerzos, nosotros también.
Eran las horas definitivas antes de caer la noche. Entonces empezó el que sería el último combate, todas las líneas de ofensiva se encontraban en posición de ataque, la policía seguía disparando, los helicópteros se quedaron sin bombas de gas, las bombas de mano de los federales ya no estallaban, gastaban sus últimas granadas que se disparan.
Entonces la táctica nuestra fue provocarlos: darles una buena chinga y dejarlos que gastaran sus balas a distancia, sabíamos que en algún momento se quedarían sin parque y entonces sería nuestra hora, para la lucha cuerpo a cuerpo. Los vecinos ya tenían machetes, que con todo y su filo no se pueden oponer a las balas.
Se instalaron más barricadas, se incendiaron más camiones, llegaron más apoyos de los vecinos. Entonces la Policía Federal se retiró por Riveras del Atoyac para arribar al Zócalo de Oaxaca. A la altura de San Jacinto Amilpas se instaló una nueva barricada a las 10 de la noche con un contingente disperso: fue desalojada a balazos también.
Pero los federales ya estaban agotados y no se aventurarían a una nueva batalla de mayores dimensiones en el zócalo de Oaxaca. Entonces siguió la campaña de pánico mediático y psicológico quitando la luz del primer cuadro de la ciudad, mandando mensajes en redes sociales que pedían a la población y comerciantes no alojar maestros en sus casas -en caso contrario serían detenidos.
La psicosis se apoderó de las redes sociales en todo el país ante la incertidumbre, pero el Zócalo seguía en alerta ante una posible incursión de las fuerzas federales. Los primeros contingentes de la Sección 22 y el pueblo de Oaxaca se comenzaban a apostar listos para encarar la nueva afrenta de las fuerzas federales. Se instalaron varias barricadas, regresó la luz, la Policía Federal nunca llegó. Para los días siguientes, el costo político sería muy elevado para el gobierno mexicano.
Al día siguiente se organizó una megamarcha. El saldo final de la batalla de Hacienda Blanca-Viguera fue de un compañero asesinado y 94 heridos. La mayoría fueron atendidos en los módulos médicos del movimiento quienes, dicho sea de paso, también fueron atacados por la Policía Federal con bombas de gas. Los demás fueron atendidos en una iglesia. Todos fueron dados de alta excepto un joven llamado Víctor y nuestro compañero César Rivera, a quién una bala de grueso calibre le atravesó la tibia. Estamos a la espera del momento en que el compañero sea intervenido quirúrgicamente. Todos sus compañeros estamos al pendiente.