Reforma y revolución en el Siglo XXI

Compartimos un texto de Cary Velardo, que escribe desde Argentina acerca de la alienación, los aparatos de dominación de clase, tanto en el aspecto político, como en el ideológico. Uno de los problemas que se abordan es el de reforma y revolución, encerrado en la falsa dicotomía del ala izquierda y el ala derecha del capital.

Tal planteamiento encara la tarea titánica y contracorriente de construir un partido de clase en el sentido más ortodoxo, la cual pasa por combatir a ambas alas del capital, pues mientras una se basta con extrapolar los sentimientos y prejuicios más atrasados dentro del proletariado, la otra actúa como bombero del capital.

Sírvase como elemento de contexto, que en Argentina se encuentran varios de los partidos matriz del trotskismo latinoamericano e internacional, la política de adaptación al régimen de estos partidos agrupados electoralmente en torno al Frente de Izquierda de Trabajadores – Unidad (FIT-U), que actúa como muleta izquierda del peronismo argentino, es decir, el partido más representativo de la reforma.

La crisis de la izquierda y la crisis de dirección revolucionaria se expresa con especial nitidez en países como Argentina o Estados Unidos, en este último partido país adaptada al Partido Demócrata a través de Democratic Socialist of America (DSA) y la Internacional Progresista bajo la dirección de Bernie Sanders y el ala «democrática» del capital financiero.

Reforma y revolución en el Siglo XXI

Por Cary Velardo

Construir un verdadero partido revolucionario de los trabajadores bajo las reglas del juego capitalista es, sin temor a equivocarme, una de las tareas más titánicas y contracorriente que se puedan emprender. Desde mi perspectiva, firmemente arraigada en el trotskismo radical, esta dificultad no es un misterio ni un fallo de cálculo, sino el resultado directo de la descomunal asimetría de fuerzas que impone el sistema.

Vivimos sumergidos en una estructura diseñada para reproducirse a sí misma, donde la burguesía no solo posee los medios de producción material, sino también los medios de producción ideológica. El trabajador medio pasa la mayor parte de su día enajenado, vendiendo su fuerza de trabajo para sobrevivir, bombardeado constantemente por la moral individualista, el consumismo y el miedo a la desocupación.

Romper esa inercia, elevar la conciencia atomizada de la clase obrera hacia una conciencia de clase para sí, independiente y dispuesta a la toma del poder, requiere combatir no solo al Estado y sus fuerzas represivas, sino a la pesada carga de la ideología dominante que penetra en cada poro de la vida cotidiana.

En este terreno, los partidos de derecha y las formaciones progresistas juegan con la cancha totalmente inclinada a su favor. La derecha no necesita convencer a nadie de cambiar el mundo; le basta con explotar los prejuicios existentes, el nacionalismo, el individualismo y el deseo de orden que el propio caos capitalista genera en sectores asustados de la población. Cuentan con el financiamiento espurio de los grandes empresarios, el blindaje de los medios masivos de comunicación y la bendición de los aparatos estatales.

Por su parte, el progresismo opera como el bombero del sistema. Su tarea es canalizar el descontento legítimo de las masas hacia el callejón sin salida del parlamentarismo y las reformas cosméticas. Tienen más facilidad porque le prometen al trabajador una mejora inmediata sin el costo ni el riesgo que implica una ruptura revolucionaria. Te dicen que se puede humanizar el capitalismo, que se puede redistribuir la riqueza sin tocar la propiedad privada de los medios de producción.

Es una estafa monumental, pero es una estafa cómoda, financiada y tolerada por los mismos sectores que detentan el poder real, porque saben que el progresismo es, en última instancia, la última línea de defensa del orden burgués cuando la derecha ya no puede contener la presión social.

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